domingo, 15 de septiembre de 2013

El solitario






Era un señor silencioso y limpio; se acompañaba siempre de dos grandes perros; le gustaba plantar muchos árboles... Todos los días, a una hora fija se sentaba en el jardín del casino, un poco triste, un poco cansado; luego tocaba un pequeño silbo. Y entonces ocurría una cosa insólita: del boscaje del jardín acudían piando alegremente los pájaros; él les iba echando las migajas que sacaba de su bolsillos. Los conocía a todos; los nombraba por sus nombres particulares, mientras ellos triscaban sobre la fina arena; reprendía a este cariñosamente, porque no había venido el día anterior; saludaba al otro que acudía por vez primera. Y cuando ya habían comido todos, se levantaba y se alejaba lentamente, seguido de sus dos perros enormes, silenciosos.

Había hecho mucho bien en el pueblo; pero las multitudes son inconstantes y crueles. Y este hombre un día, hastiado, amargado por las ingratitudes se marchó al campo. Ya no volvió jamás a pisar el pueblo ni a entrar en comunión con los hombres; llevaba una vida de solitario entre las florestas que él había hecho arraigar y crecer. Y como si este apartamiento le pareciese tenue, hizo construir una pequeña casa en la cima de una montaña, y allí esperó sus últimos instantes.
Y vosotros diréis: "Este hombre abominaba de la vida con todas sus fuerzas." No, no; este hombre no había perdido la esperanza. Todos los días le llevaban del pueblo unos periódicos; yo lo recuerdo. Y estas hojas diarias eran como una lucecita, como un débil lazo de amor que aun los hombre que más abominan a los hombres conservan, y a los cuales les deben el perdurar sobre la tierra.

Azorín, Las confesiones de un pequeño filósofo.

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